
Era una oficina con ventanales amplios en el piso 25 de un edificio ubicado en el sector pulcro de Santiago, y es sin lugar a dudas, lo más despegado que he estado alguna vez de la tierra. Había llegado ahí para una entrevista de trabajo que resultó infructuosa. Tras pelear ridículamente con la puerta de vidrio de la entrada, sin entender los aleteos de la recepcionista desde el otro lado, pasé al hall de entrada en donde me crucé de frente con una mujer tan rubia y tan ojiazulada que parecía inhumana. Tan hermosa y perfectamente encajada en su vestido blanco, que no me resultó atractiva, sino abiertamente aterradora. No sé cómo habría reaccionado, de haberme dicho “Buenos días” al pasar. Obviamente, no lo hizo.
Minutos más tarde, sentado en esa inmaculada sala de reuniones. Extrañaba mi cubículo infecto, del cual pensé que esta entrevista me podía sacar. La miseria del trabajo mal pagado y fácil del cual intentaba escapar, se me presentaba repentinamente como una manta cálida, adobada con la dulce fetidez de mi propio cuerpo. Como el amor de los perros por sus cojines. Hostilizado entonces por todo lo que me rodeaba, miré hacia la ciudad que se extendía hasta donde el smog dibujaba un horizonte difuso, deteniéndome en todos los edificios, calles, postes, gigantografías y cableados. Saqué una libretita de mi bolsillo y anoté “El ser humano es un mono con ataque de pánico”. ¿Qué otro ser vivo se habría dado colectivamente a la tarea de construir esta fortaleza espantosa y desproporcionada, sino nosotros, enloquecidos por nuestra propia inteligencia? “El ser humano es un chimpancé con Asperger” puse también.
No era el simple gusto de anotar frasecillas al vuelo. En ese entonces rondaba por mi mente la idea de escribir una novela, y pensaba que esas notitas podrían ayudarme en algo. Incluso tenía decidido un nombre; “La Vida Atroz de Adrián Buenaventura”. Y si bien jamás llegué a poner una sola palabra por escrito, lo cierto es que la sola existencia ficticia de Buenaventura me hacía compañía en situaciones como esa.
Ese año fue de clima extraño y sumamente solitario. Fue aquel en que las polillas morían en masa a plena luz de día, por todos lados de la cuidad ¿Te acuerdas? Uno podía seguir el vuelo errático de una y ver como se daba un cabezazo contra el cristal, para precipitarse y caer dando sus últimos aletazos, justo sobre un puñado de sus hermanas caídas. Algunas veces iba Eileen a mi departamento. La primera vez que tiramos tuvo algo de entretenido y novedoso. Pero con el paso de las semanas, a lo frágil de la atracción entre nosotros se sumaba mi cada vez más aporreado apetito sexual, y los encuentros amorosos se alejaron tanto del éxtasis, que estaban más bien cercanos a darse un baño de tina, o a tomar un tazón de leche. Era algo tibio que hacíamos antes de ir a dormir. No me extrañó para nada cuando la llamé y me dijo que prefería que no nos viéramos más. Esa noche, me bajé dos botellas de vino yo solo. No habría trivializado con indiferencia lo que ese quiebre significaba para mi. Además, nunca dejo escapar la oportunidad de una buena borrachera en solitario, cuando el patetismo de la situación lo amerita.
“¡Soy una larva! ¡Soy una larva asquerosa!”. Fue el mantra de la caña, al día siguiente. Llevaba horas despierto, pero no podía hacerme el ánimo de levantarme de una buena vez. Miraba mis bracitos delicados, mi panza redonda y amarillenta, mis piernas tembleques. Entendí que mi mala fortuna con las mujeres y con la vida en general, radicaba en mi incapacidad de escuchar el clamor de la naturaleza, y vivir como un macho de verdad. De involucrarme en actividades de presión física. ¡Oh, epifanía! Hábitos que engrosaran mis muslos y ensancharan mis espaldas. Que alguna vez me pusieran un combo en el hocico. Que se me llenaran los cocos de testosterona. ¡¡Arriba, borracho de mierda!! Me gritó Anselmo (que es el nombre que a veces le doy a mis sospechas de esquizofrenia) y me puse en pie con determinación, para hacer aseo profundo en mi departamento.
No quisiera aburrirte más de lo necesario. Así es que no voy a entrar en detalles domésticos del proceso de orden, barrido, aspirado y desinfección en general, pero sí me detendré en el punto final de todo, cuando llegué a poner los puntos sobre las íes en el closet. Mientras seleccionaba la ropa digna de ir a la basura o a transformarse en trapero del baño, noté algo raro en mis zapatos. Los elegantes, que me pongo cada dos años para ir a algún matrimonio o a un funeral. Se trataba simplemente de un color fuera de lugar.
¿Verde? No recordaba para nada tener calcetines verdes, y sin embargo ahí estaban, hechos una bolita, adentro de uno de los zapatos. Me pareció jocoso haber olvidado una prenda tan encantadora, pero ciertamente le presto poca atención a mi ropa en general. Como te decía, siempre he tenido la sospecha de que la locura se intenta meter por mi nuca, como una garrapata hurgando entre mi pelo, y cuando agité el zapato, cayó silencioso al suelo, el cadáver de un pajarito tropical. Verde de cuerpo, amarillo en la parte interior de las alas, pico rojo, amplio y ganchudo. Verlo tendido ahí, hizo que la insanidad por fin lograra meterse hasta el cuesco.







